La alegoría (o mito) de la caverna

La alegoría (o mito) de la caverna

La alegoría (o mito) de la caverna

Porque ser consciente de la realidad en que vivimos es muy importante

TEXTO
GEMA SÁNCHEZ

FOTOGRAFÍA
REBECA L NOVAL

Imagina por un momento que tu rutina diaria no la has creado tú. Imagina que el hecho de levantarte, desayunar, ir al trabajo y todo lo que se ha ido construyendo con la cotidianeidad, no es fruto de tu hacer. Sin saberlo, está todo premeditado, preparado de tal forma que hagas lo que hagas siempre es impuesto. La ciudad en la que vives es un decorado, pero tú no lo sabes.  Crees que todo lo que perciben tus sentidos es real y, por tanto, actúas en consecuencia al semáforo que se pone verde para cruzar, a la hora en que abre el banco o a la hora en que cierra la tienda de la esquina.

Esto, que no es más que el argumento de El show de Truman (Peter Weir, 1998),  muestra una de las mejores metáforas cinematográficas –con permiso de Matrix, claro está–  de la Alegoría de la caverna de Platón. En el film, el personaje que interpreta Jim Carrey tiene una vida confortable, una familia y unos amigos, un día a día que transcurre sin incidentes de forma tan rutinaria como la de cualquier acomodado vendedor de seguros de clase media. Todo lo que conoce es lo que le rodea desde que nació, nunca ha salido de su ciudad.

No obstante, entre todos los habitantes de ese mundo fabricado para Truman, existe Lauren, el vínculo con la realidad exterior que pretende acercarle a la verdad y llevarle al mundo de la razón. Para evitar que termine con el negocio televisivo creado y descubrir a Truman la verdad, es expulsada del mundo de la ficción (el mundo de los sentidos platoniano), acusada de enajenación por no seguir el plan establecido.

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La alegoría (o mito) de la caverna

La alegoría de la caverna

Lo que Platón quiere aclarar con la alegoría o mito de la caverna es precisamente eso, distinguir el mundo que percibimos con los sentidos del mundo al que podemos acceder a través del conocimiento, el mundo de la razón. Sólo de esta forma el hombre será libre, poniendo el pensamiento por encima de la imaginación.

La alegoría es recogida por Platón en el libro VII de La República donde Sócrates pone en situación al joven Galucón.

Pero, ¿con qué elementos cuenta el filósofo para enseñarnos qué es el mundo de los sentidos y cuál es el de la razón?

Empezamos con cuatro sujetos  que, desde su nacimiento, son metidos en una caverna. Atados con  cadenas a un muro por cuello y extremidades, la única posición en la que pueden mantener su cabeza es mirando hacia una pared que tienen justo enfrente. No se mortifiquen con la imagen de estos cuatro pobres desgraciados y vamos a pensar que se trata de una alegoría, no de una realidad.

Detrás del muro existe un pasillo por el que transitan una serie de personas con objetos en las manos. Pero recordemos que la falta de movimiento impide a los cuatro sujetos poder ver qué sucede tras el muro.

Entonces, ¿qué ven nuestros hombres encadenados? Existe una luz tenue procedente de una hoguera que ilumina la estancia, sin embargo, nuestros hombres son conscientes de la luz que emana, pero no del origen.

Mientras tanto, los transeúntes que pasean al otro lado del muro, gente corriente del pueblo cercano, amenizan su existencia riéndose de los pobres encadenados que desconocen la realidad más allá de las sombras que proyecta la luz que produce la hoguera.

“Ahora imagínate que del otro lado del tabique pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales hechos en piedra y madera y de todas clases y entre los que pasan unos hablan y otros callan”. La República. Libro VII

La alegoría (o mito) de la caverna

Un día, uno de los cuatro encadenados consigue zafarse de las ataduras y toma contacto con el exterior. Recordemos de nuevo que este individuo nació, fue encadenado y lo único que conoce son unas sombras de aspecto casi diabólico proyectadas desde la hoguera que se encontraba detrás del muro al que estaban sujetos. Esas sombras podían ser de cabezas humanas, de figuras de animales o, simplemente, de objetos varios, pero la verdad que percibían con sus sentidos era eso: unas simples sombras en un mundo sensible que solo les permite formar una realidad a partir de la imaginación.

“¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?”. La República. Libro VII

Cuando este individuo toma contacto con el exterior, tiene la posibilidad de descubrir la nueva realidad. Tiene la posibilidad de descubrir a otros hombres, a los animales y el hábitat en el que viven, un espacio con luz natural, con luz solar. En definitiva, ha descubierto el mundo inteligible, el mundo de la razón.

Lleno de conocimiento, no duda en ir a trasladar su descubrimiento a los sujetos que siguen atados. En este momento lo lógico sería pensar que, una vez explicado lo que ha visto, el individuo libre haya convencido a sus compañeros de que existe otra realidad, de que todo lo que conocían hasta ese momento era falso, era la proyección de la realidad. Sin embargo, en lugar de imponerse el deseo de salir y descubrir ese nuevo conocimiento, trasladarse al mundo de la razón, prefieren seguir engañados, prefieren seguir fiándose de sus sentidos y continuar dando rienda a su imaginación para mantener esa realidad deforme. Es tal la falta de credibilidad que les provoca el compañero que disfrutó de libertad, incluso es tal el miedo que les produce el pensar que puede existir algo más allá de lo que conocen, que deciden matarlo para que con su muerte también mueran la razón, el conocimiento y el pensamiento.

“Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese [517 a] estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?La República. Libro VII

La caverna del siglo XXI

¿Cuáles son las cavernas y cuáles son las argollas que nos imposibilitan ver el sol del mundo inteligible?

No es posible entender un artículo sobre la alegoría de la caverna contemporánea sin hablar de la televisión. Pero no como aparato, sino como producto. Además, hoy en día el consumo de televisión va más allá que el hecho de estar sentado frente a la pantalla. La movilidad (smartphones o tablets) y la conexión a internet facilitan el acceso a infinidad de material audiovisual procedente de todos canales lineales así como nuevas alternativas de consumo online como Youtube. A esto debemos sumar el hecho de que todavía un 85% de la población española se sienta frente al televisor para consumir –ojo con este dato- una media de 4 horas diarias.

Casi dos millones de espectadores (es decir, el sujeto pasivo que enciende la televisión y se limita a zapear con el mando) acude diariamente a la cita vespertina en la que una serie de personajes se limitan a sacar los trapos sucios los unos de los otros, intercambiar insultos en directo, haciendo gala de que son el ejemplo personificado de que no necesitas ningún tipo de educación superior (ni título de la ESO) para ganar 1 millón de euros al año (los que más audiencia generan, claro está).

Pero, ¿sabemos lo que vemos? ¿Tenemos capacidad para distinguir el mensaje?

El espectador cree que es ajeno a la disputa. Sin embargo, la información recibida es procesada y guardada para, posteriormente, actuar en consecuencia. Como bien apunta el filósofo José Antonio Marina, cada persona puede diseñar su propio cerebro, su inteligencia, su memoria y su personalidad, pero tiene que aprender y saber qué hacer con lo aprendido.

Pero cuando estamos dentro de la caverna y sólo vemos a un grupo de individuos sin un discurso aparente, el telespectador debería saber saltar esa falsa realidad que percibe con los sentidos para llegar al mundo inteligible del conocimiento. ¿Cómo puede un individuo  del siglo XXI salir de la caverna para descubrir que lo que se emite por televisión no son más que sombras? La respuesta, de tan simple y obvia, resulta casi ridícula de proponer: leyendo. El proceso no será rápido, estamos tan cegados por los mensajes facilones y gratuitos que al principio nos costará elaborar un pensamiento.

La alegoría (o mito) de la caverna

Por otro lado, no debemos reducir la caverna contemporánea solo a la televisión ni a los programas de entretenimiento superfluo. Grandes medios con grandes profesionales dedicados a la información también generan esas sombras en las que el receptor cree que la realidad de la que se informa es la verdadera, sin reparar en los intereses generados por ese medio (normalmente por los intereses de sus acreedores) para enfocar una noticia de una forma u otra.

Esta falsa realidad es mucho más acentuada cuando se trata de redes sociales. Cuando un usuario de Facebook expone de forma voluntaria opiniones, comentarios o fotos, está contándonos su vida. Este patio de vecinos donde unos interactúan con otros también ofrece la posibilidad de elegir a tus “amigos” (entendamos este término como una persona que de una forma u otra conoces, pero no es necesario haber tenido contacto físico con ella).

El origen de Facebook era tan simple como buscar o aceptar amistades y, a partir de ahí, leer lo que publicaran en la red. Todas estas entradas aparecían en el timeline , la parte central de noticias. Sin embargo, podían ser tantos los comentarios generados por tus amigos que lo único que se conseguía era perder información. Así que Zuckerberg, deciden crear un algoritmo para que la información que veas sea de aquellos amigos  con los que más interactúas.

Es decir, en la parte central de tu muro encontrarás la información de los amigos (entendemos personas, empresas, medios, etc) con las que hay una recíproca interacción, a los que más comentarios o me gustas pones y viceversa. En el lateral derecho encontrarás el resto de comentarios de tus amigos, algo que Facebook considera que es secundario para ti.

Pero ¿nos comportamos igual con todos nuestros amigos online? ¿No es verdad que interactuamos más con aquellos cuyas aficiones, comentarios y opiniones son más afines a nuestra forma de ver al realidad?

Y es entonces cuando surgen esas realidades deformes, las sombras que generan opiniones del tipo “todo el mundo cree o todo el mundo opina” solo por el hecho de haber tenido 50 me gusta en un comentario. Si tenemos 200 amigos ¿qué pasa con los 150 que no han dado me gusta? Y, sobre todo ¿qué opinión pueden tener de mi comentario todos aquellos que no tengo como amigos en Facebook? Pero el algoritmo sigue trabajando y poco a poco mi timeline se reduce a mis mismas opiniones dejando al otro lado del muro los comentarios que no son afines a mí, pero que forman parte del mundo inteligible, me guste o no.

Por eso debemos tener cuidado, no seamos nosotros mismos los que nos esposemos al muro. Siempre, siempre hay más mundo inteligible que sensible, al menos, hay que salir a descubrirlo.

Os invito a dar un paseo por el madrileño Callejón del gato. Como hicieran Max Estrella y Don Latino en Luces de Bohemia (Ramón del Valle Inclán, 1920), poneos delante de los espejos cóncavo, los espejos que reflejan una realidad grotesca y deforme, la realidad esperpéntica de los sentidos.

Y como le dice Max a Don Latino, casi justificando la necesidad de esa realidad de los sentidos.

“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”.

Al fin y al cabo, siempre podríamos compatibilizarlos.

La alegoría (o mito) de la caverna
Sobre Gema

Gema es una entusiasta de los nuevos proyectos y de aprender. Ha dedicado su carrera profesional a la televisión en distintas facetas, aunque ahora está haciendo un impass para investigar, estudiar un poco y jugar con Telmo. Apasionada del sitio que la vio nacer, Madrid, actualmente está viviendo en Sevilla, ciudad en la que que todavía tiene mucho por descubrir.